Cada bajada le sacudía la boca del estomago con un intenso y desconocido cosquilleo . Y de nuevo se elevaba hasta el cielo en su rotatorio ciclo.
Al principio le asustó un poco pero pronto se acostumbró y el vacío que succionaba sus entrañas se transformó en un placentero hormigueo. Se animó a levantar los brazos incrementando así el efecto, y el picazón, subiendo en espiral por el esófago, salia por su temblorosa boca en forma de grito contenido. A los pies de la noria, nadie le quitaba el ojo de encima mientras sostenían las patatas fritas, dulces de algodón y demás chucherías que instantes antes habían consentido en comprarle, a pesar de haber merendado ya. Pero estaba tan entusiasmada en su viaje iniciático al asombroso mundo del ferial que no dudaron en comprarle otro ticket. Y ya iban tres.
Y arriba de nuevo para volver a bajar y así, tantas veces, que le vinieron unas incontenibles ganas de miccionar.
Elena era consciente de que no controlaba muy bien sus esfínteres así que en cuanto puso los pies de nuevo en el suelo salió disparada entre el gentío buscando un lugar donde evacuar.
Pronto le perdieron de vista.
Sin darse apenas cuenta se vio inmersa en medio de un fascinante escenario digno de Alicia y su país de las maravillas. Una amalgama de voces, sirenas y música estridente conformaban un mantra que se introducía en sus oídos aislándola de cualquier otro estimulo. Y las luces. Había de todos los colores del arco iris. Centelleaban incesantemente y la hipnotizaba de tal manera que entró en un estado de confusión mental del cual no quería despertar y que le llevaba de un lado para otro observando todos aquellos gigantes de largos brazos que, con sus inagotables aspavientos, arrancaban risas y chillidos a todos lo que se atrevían a subir en sus monstruosas extremidades. Y los caballos, el mono enano, la casa de los horrores, los enamorados…
Era sin duda uno de los mejores días de su vida.
Tras un largo y angustioso rato buscándola sin éxito tuvieron la gran idea de volver a la noria. Y allí estaba, acababa de bajar, y por sus piernas chorreaba la orina que no había podido contener por más tiempo.
Se quedó dormida en el coche.
Ya en su cama, miró con pena a su compañera de cuarto que permanecía atada a la cama, por que al caer la noche, cuando La Residencia ahogaba su dolor y su soledad en el silencio de las sombras, su cabeza inventaba engendros esperpénticos que venían a llevársela.
Elena casi no durmió esa noche, ni las siguientes. Se limitaba a sentarse en la cama y levantar los brazos todo lo que la artrosis le permitía, y esperaba, y esperaba, hasta que le vencía el sueño. Por el día contaba las horas que faltaban para el domingo, día de salida, y apretaba su mano contra la boca del estómago recordando aquel intenso y desconocido cosquilleo.
© F. Javier Linares, 2011

































































