Archivo mensual: abril 2011

Historia de una musa

No podía imaginar, de un golpe, tanta felicidad. Hasta que aquella noche de febrero de 2005, con las gafas empapadas en lágrimas y una mezcla de acongoje y nervios por el inminente acontecimiento, asistí a su nacimiento.

Cuando pude secar los ríos de alegría que salían de mis ojos, formando dos cataratas que rompían sobre mi pecho, fui consciente de dos cosas: mi musa había llegado al mundo, mi mundo, para cambiarlo por completo y era la primera vez -nunca había creído en ellos-  que tenía un héroe, en este caso heroína, para mi solito;  Mara, mi vida, realizó la mayor hazaña que jamás había presenciado, parir una criatura de casi tres kilos que durante nueve largos meses cobijó en sus entrañas dándole sustento y calor, amor y esperanza, y ahora, en un titánico esfuerzo lleno de miedos e incertidumbres, traía a la vida el milagro que daría una nueva luz a nuestra apasionante aventura.

Mi amor y mi admiración para siempre; no olvidaré nunca tu aleccionadora valentía.

Ana sólo necesitó unos segundos para pegarse a mi piel,  aderezando los rincones de mi alma con especias arrebatadoras que inundaron mi ser con lagos de certidumbre.

Ahora sé a qué huele el universo.

Ilumina mis ojos trazando, con su paleta de refrescantes tonalidades, un horizonte caleidoscópico que viste mi retina de tiernas primaveras.

Ahora sé de qué color es el infinito.

Comparte conmigo sus progresos y juntos aprendemos a degustar el almibarado triunfo y la acritud del fracaso. Y a luchar, y a querer, y a soñar con un mundo venidero con lo mejor del pasado y lo extraordinario del futuro.

Ahora sé a qué sabe la vida.


Estoy orgulloso y agradecido de estar a tu lado. Te quiero con mayúsculas y minúsculas, en negrita y subrayado, con signos de admiración y alineado al centro, así, para que no se te olvide nunca.

Ana, mi musa…

Copyright texto y fotos: F. Javier Linares

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