Archivo mensual: mayo 2011

Los puntos sobre las íes

“Toca la jota”, pensó ilusionada, pero también con cierta ansiedad como siempre que empezaba una nueva letra.

La semana anterior había sido divertida pero es que la i tiene su punto.

“Un rabito hacia arriba hasta la línea superior, bajamos recto hasta la línea inferior y volvemos a subir haciendo una curva. Ah, y el puntito.”

Se le olvidaban algunos, pero era entretenido buscar entre la matriz de íes para descubrir a cual le faltaba el puntito.

“Saber leer y escribir es lo mejor que me puede pasar en la vida“, siguió pensando con el lápiz trabado entre los labios.

Desde que empezó con el abecedario, se le notaba distinta. Sus ojos lucían con otro brillo, el brillo de quien tiene en sus manos un arma pacífica pero poderosa, un recurso ilimitado para hacerse entender. Ya no le avergonzaba mirar a la cara cuando hablaba con alguien a pesar de su escasa estatura. Se sentía orgullosa. Se sentía hasta más grande. Poder descifrar aquellos trazos que se agolpaban uno tras otro en una interminable hilera de incomprensibles símbolos era sin duda el paraíso del saber y le proporcionaba un extraño estado placentero y tranquilizador.

Ahora el panadero ya no podría engañarla. Ella lo intuía desde hacia tiempo pero no le dijo nada, por la vergüenza.

“Nadie”,  pensó feliz. “Ya nadie me engañará .”

Y es que resulta complicado defenderse cuando tus sueños se desdibujan bajo una maraña de rectas y curvas sin sentido, y ya no cabe más respuesta que callar, callar y acatar; callar, acatar y esperar a que el tren de la maldad no pare en tu estación llenando de humo tus inocentes andenes. Confiar sin más en lo que te dicen deseando no ser estafada, una vez más, como si tus deseos, tus necesidades, no contaran para nada en el cerrado orbe de las eruditas mentes.

Pensó, además, que cuando aprendiera todas las letras lo primero que haría sería escribirles a sus hijos:

“Queridos míos, ahora me toca a mí. Después de sesenta años, mamá pone los puntos sobre las íes”

Copyright texto y fotos: F. Javier Linares


Como cualquier otro día (DRY)

Se había levantado temprano.

El chirrido que provocó la ventana de aluminio al abrirse, para tratar de adivinar el tiempo que haría ese día, despertó a León, su pequeño hámster de pelo largo que, tras abrir las fauces de par en par dejando ver sus afilados incisivos, entró en la rueda de plástico y comenzó a girarla, dando vueltas y vueltas, corriendo sin destino, como cualquier otro día.

Quique se enfundó la gabardina azul marino que acababa de encontrar en un paquete perfectamente empapelado a los pies de la cama y con la que aparentaba ser, a pesar de sus recién estrenados 11 años, un joven y elegante universitario.

Abrió la puerta de la casa con sigilo. No quería despertar a la familia y tampoco estaba seguro de que comprendieran sus intenciones así que cerró la puerta, ayudándose con la llave que la noche anterior, víspera de su cumpleaños, había escamoteado a su padre, y bajó a pie evitando así que el ruido del ascensor rebotara en el hueco de la escalera, como cualquier otro día.

Lucía una mañana fresca pero soleada. Varias personas, sobre todo hombres, formaban una fila perfectamente ordenada, casi marcial, a la entrada del colegio electoral aunque las puertas aun permanecían cerradas.

La ilusión, latente en la cara de algunos, contrastaba con la preocupación y la desconfianza que desencajaba las mandíbulas de otros tantos.

En esa mañana de domingo, habían querido ser los primeros en estrenar la incipiente democracia española.

El pequeño Quique estaba nervioso. Quería saber a toda costa que era aquello, tan deseado durante tanto tiempo, que cambiaría por fin sus vidas y los encaminaría hacia un mundo ideal donde todos, iguales por ley, vivirían en perfecta armonía lejos de los fantasmas del paro, la pobreza, la guerra, la dictadura…

En su búsqueda, iba recorriendo las distintas sedes donde los ciudadanos acudían a votar. La calle era un hervidero de gente.  Se entablaban acaloradas discusiones por cada esquina y la ciudad parecía más viva que nunca.  Hubo algún altercado pero sin importancia y Quique se iba empapando de cada gesto, de cada palabra.

Tan inmerso estaba en sus pensamientos que el día se le paso en unos minutos y cuando, al volver la esquina, el sol de atardecer estimuló de nuevo sus desenfocadas pupilas, corrió despavorido temeroso por la reprimenda que, a buen seguro, le esperaba en casa.

La luz de las farolas se filtraba por la persiana dibujando sobre el techo un mosaico de pequeños círculos de luz. Tardó poco en conciliar el sueño. Había sido un día emocionante a pesar del escozor que persistía, intimidatorio, en el cachete derecho de su trasero.

Después de aquel día vinieron otros 3.650 chirridos más de ventana de aluminio, para tratar de adivinar el tiempo que haría.

El recuerdo de los gritos de su madre, cuando lo vio aparecer por la puerta de casa en aquel lejano día, se encadenaba con el actual e irritable ruido procedente de los coches que ahora conquistaban la calle. La mañana se presentaba fresca pero soleada y se levantó de la cama resuelto.

Tras vestirse con la chaqueta de pana que sus padres le habían regalado por su veintiún cumpleaños, se dirigió a la cocina para tomarse un vaso de leche muy fría, como cualquier otro día. El paro, la pobreza, la guerra, y claro está, la dictadura, aunque ahora la llamaban de otra forma, seguían tan vigentes como antaño.

Ya en la fila del colegio electoral, Quique miraba el sobre con dudas, con muchas dudas, muchas más que hacía diez años pero, ilusionado y convencido de hacer lo que debía, iba avanzando resuelto y con la cabeza bien alta.

Al llegar su turno, dejó caer el sobre en la urna como a cámara lenta y no le quito el ojo de encima hasta que se aposento en el fondo junto con los demás. Pero le había sabido a poco, así que se quedo un rato mirando como los otros sobres, uno por voto, iban formando un montoncito cada vez más grande. En la cara de todos pudo reconocer la ilusión, la preocupación y la desconfianza que ya le resultaban familiares.

Tras unos minutos volvió a salir a la calle. Tenía una extraña sensación de déjà vu y prefirió no volver a casa.

Comenzó a andar, sin dirección prevista y las pupilas desenfocadas. Y la imagen de León, su hámster de pelo largo que murió al caer por la ventana de su cuarto, vino a su memoria, en la rueda, dando vueltas y vueltas, corriendo sin destino, como cualquier otro día.

DEMOCRACIA REAL YA!!!

Copyright texto y fotos: F. Javier Linares


Silencio

Mi amiga y fotógrafa, Nieves Soria, me pidió que escribiera un texto para su primera exposición de fotos con el tema “Silencio”. Después de charlar acerca de lo que significa la fotografía en su vida y de cual es su actitud ante los desafíos que ésta te plantea, pero sobre todo después de ver sus maravillosas fotos llenas de conceptos íntimos, subjetivos, pero absolutamente cercanos, nació este texto. Espero que disfrutéis de estas fotografías de Nieves que forman parte de dicha exposición pero, si tenéis oportunidad, os animo a que las veáis expuestas y os dejéis seducir por sus texturas, formas y colores.

A gritos me viene todo.
Y en un desorden sin precedentes ojos, cabeza y vísceras intentan ordenar mi trasiego en la medida de lo posible.
Y hastiado de palabras las encierro entre cuatro limites para apagar sus voces.
Poco a poco el estruendo deja paso al sigilo.
Y en la infinita calma construyo una burbuja y en su interior me columpio para llegar, suavemente, a mi siguiente SILENCIO.


Copyright fotos: Nieves Soria

Copyright texto: F. Javier Linares


Crepúsculo 2

A veces el edén está lejos, muy lejos de casa, y a veces, sólo a veces, está tan cerca que sólo tienes que dejarte mecer al son de su arrebatadora melodía. Pero siempre, a veces, siempre, está dentro de nosotros, acallado en el purgatorio de las vísceras esperando ser revelado.

Otra desde la terraza de mi casa. Eternamente agradecido Gaia.

Copyright texto y foto: F. javier Linares


De narices

(Primer premio en el Concurso de Relato Corto Guadalinfo Huétor Vega 2011)


Ese olor le resultaba muy familiar y no le fue difícil identificarlo entre miles de fragancias que componían su mapa de esencias. De hecho, su destreza en estos menesteres era conocida entre sus colegas, algunos señalados como grandes maestros del arte olfativo.

Hacia solo unas semanas que aquel aroma le inundó las fosas nasales proporcionándole un placer indescriptible y desde aquel momento, como un efebo enamorado, no dejaba de preguntarse qué delicada presencia era capaz de destilar ese portentoso perfume. Y ahora lo tenía de nuevo ahí, delante de sus narices. Así que cruzo alocado la Gran Vía, como alma que lleva el diablo, haciendo caso omiso de los coches que reprobaban su actitud con una sinfonía de estruendosas bocinas in crescendo. Había tomado la determinación de seguir el rastro invisible, de aquel delicado e ingrávido tesoro incorpóreo, hasta sus últimas consecuencias.

El profundo olor de las rosas se mezclaba con el fétido pero fuertemente atractivo hedor de las margaritas silvestres y eso provocó que por un momento desviara su atención de su obcecada empresa. Aunque siempre le pasaba lo mismo al pasar por la floristería de Concha. Y ésta, como en un acto reflejo incapaz de reprimir, siempre le sonreía con una mezcla de tristeza y querencia.

No le fue difícil volver a retomar el rastro de aquel olor. Agilizó el paso y puso toda su atención en ese designio divino por miedo a que le ocurriera lo mismo que la primera vez, en la que otro competitivo efluvio se había cruzado en su impasible caza. El aroma se intensificaba cada vez más, y se mantenía en el aire perseverante, errático y cautivador, acariciando sus sentidos y envolviendo todo su ser en un estado de embriaguez y de cierta frustración. Ella seguía siendo sólo una esencia, un sueño.

Cuando ya había perdido toda esperanza, una mano acaricio delicadamente su pelo. Cerró los ojos con fuerza y, sin dejar de percibir esa abrumadora presencia, dejo volar su imaginación con miedo a que, al abrirlos, todas aquellas sensaciones se disiparan. En su fantasía, ambos corrían libremente por un vasto prado inundado de flores, arbustos olorosos y árboles frutales. El suave viento, silbando entre las ramas, mecía las hojas haciéndolas caer en una improvisada y aérea coreografía.

Pero la visión del paraíso le duró poco. Pablo, su amo, sujetándolo con firmeza, se apresuro a colocarle de nuevo la correa que minutos antes, con una maestría casi humana, se había podido sacar de su peludo cuello.

Aquel embriagador aroma se desvanecía con rapidez por el camino de vuelta a casa, pero no estaba triste. Después de cenar se quedo dormido, acostado sobre su cojín favorito, a los pies de Pablo, y sus patas se estremecían con rítmicos espasmos recordando aquella inolvidable y perfumada experiencia de narices.

 

Copyright texto y fotos: F. Javier Linares


Crepúsculo 1

Apenas trazaría un torpe boceto si intentara describir lo que en silencio se ve.

Desde la terraza de mi casa. Prometo subir algún ocaso más de los que, casi cada día, me regala Gaia generosa como siempre.

Copyright texto y foto: F. Javier Linares


Universo paralelo

Corría tan deprisa como le permitía su aliento. Al llegar a la esquina giró a toda velocidad y se paró de golpe, con la espalda pegada a la pared y los ojos tan cerrados que le dolían las sienes de tanta presión. Entonces, comenzó a abrirlos despacio, muy despacio. La luz iba penetrando en sus pupilas como diminutas agujas que se iban clavando en la retina, una tras otra,  dibujando una copia exacta de las cosas que tenía delante.

Pero aguantó estoica, con la cabeza erguida, mientras reunía el valor suficiente para mirar al suelo. Lenta, como quien sabe exactamente lo que va a encontrarse pero intenta retrasar el momento aunque sólo sea por unos esperanzadores instantes, comenzó a bajar la mirada en dirección a sus pies.

Lucía acudía todos los fines de semana a casa de su tío y  como cada sábado, perdida en la enorme biblioteca, hurgando curiosa como quien busca un libro prohibido, se había topado con un tratado sobre el espacio y el tiempo en el que había podido leer, entre algún indescifrable párrafo, que si alcanzas la velocidad adecuada, puedes perder de vista tu propia sombra.

No había marcha atrás, se había metido en su adolescente y testaruda mollera, llevar a cabo la difícil empresa de engañar a aquella oscura silueta que le seguía fiel desde siempre.

Ya, desde muy pequeña, se pasaba horas y horas tumbada sobre la cama observando, como en una película de cine, las sombras que se filtraban por la ventana representando su magistral drama sobre la pared blanca del dormitorio.

Algunas pasaban deprisa y se cruzaban con otras que, a la misma velocidad, se deformaban al llegar a la barroca cenefa del techo. Otras sin embargo permanecían largos ratos en la pared mientras hablaban, discutían y reían.

Pero todas tenían algo en común que inquietaba profundamente a Lucía. Era como si, mirando de reojo, todas aquellas sombras esperaran,  maquiavélicas,  un momento de descuido para robarle el alma a la joven niña y llevársela para siempre a su universo paralelo. Por eso, cuando el sueño empezaba a ganarle la batalla, se levantaba de un salto, sin mirar a la pared, y se abalanzaba sobre las cortinas para cerrarlas de golpe.

Entonces las voces, las risas, los susurros, se iban desvaneciendo a la par que sus ojos, por fin, cerraban su particular telón hasta el siguiente pase.

Detrás de la esquina, Lucia seguía bajando paulatinamente la cabeza hacia el suelo mientras terminaba de abrir sus profundos ojos negros. Las manos le sudaban y el corazón le latía tan fuerte y rápido que parecía que en cualquier momento iba a salir de su pecho rompiendo el peto vaquero que llevaba ese día. Pero cuando alcanzó a ver sus pies se percato de que ya no estaba. Eureka!, su sombra había desaparecido, había conseguido dejarla atrás. Eufórica y emocionada volvió a cerrar los ojos pensando en aquellas tardes de infancia junto a las sombras de la pared y esbozando una sonrisa victoriosa alzó la mano como el púgil que acaba de dejar ko a su adversario.

Luego inspiro el aire húmedo con olor a tierra mojada, abrió el paraguas, y siguió su camino. Le encantaba jugar a perder su sombra los días de lluvia, esos días en que la luz nos engaña al pasar y las siluetas atonales, que siempre nos acompañan, se toman un descanso para contar las almas de las jóvenes niñas que, descuidadas, se quedaron dormidas en su universo paralelo.

 Copyright texto y fotos: F. Javier Linares


El envase perfecto

Hoy, Día de las Madres, quiero hacer un alegato a favor de todas las mujeres que amamantan a sus hijos en la calle, en la sala de espera del ambulatorio, en el autobús de línea, en el restaurante, en definitiva, en cualquier lugar donde el niño requiera su dosis de divino maná.
Hace un tiempo me encontré en plena Plaza Bib-Rambla con esta espontánea y maravillosa escena.

Una generosa madre da el pecho a su hijo, sentados en un banco, mientras unas niñas, sabias por naturaleza, juegan a su lado sin darle la menor importancia y compartiendo con sencillez ese tierno momento.  En alguna ocasión, se acercaban y acariciaban al bebe en la cabecita repitiendo dulcemente: “que bonico”.
Un momento para la reflexión, para quedarse mirando ensimismado recordando aquellos copiosos banquetes al calor de tu madre; y como banda sonora, el latido de su corazón que como en un maternal sistema Morse te iba susurrando: “come mi amor, come tranquilo y hazte un hombre de bien, que el mundo y tu madre te necesitan grande, vigoroso y sano”.

Que idílica escena, si no fuera por una pareja de unos cincuenta y pocos, elegantemente vestidos, por fuera claro está, y con la mirada de la intolerancia en sus ojos, que enarbolando la bandera de la ética, la moral y de no sé que más pamplinas, no tuvieron otra cosa que hacer que increpar a esta madre llamándola indecente, y alguna cosa más, por el escándalo público que estaba originando, medio desnuda, mostrando sus pechos como una cualquiera.
Ni que decir tiene que los únicos que vinieron a romper la paz y la armonía fueron ellos, con sus maleducados gritos y aspavientos, y que su actitud era la única indecencia que había en todo aquello.

Soy una persona que no me gusta demasiado meterme en los conflictos ajenos y que piensa que  son los contendientes los que deben solucionar sus diferencias. Pero hay veces en que uno no puede aguantarse y faltó muy poquito para que tomara cartas en el asunto.

Pero no hizo falta. Esta madre, orgullosa y segura de lo que hacía, no necesitó más de dos frases para hacer callar a sus maleducados agresores con una exquisita educación de la que no se aprende en ninguna universidad y que sólo se adquiere si sabes y quieres escuchar a tu corazón y al sentido común.
Señora Madre, a sus pies.

En silencio, con la callada por respuesta y con la arrogancia y el desprecio del que se cree más que los demás, se marcharon, altivos y bien vestidos, por fuera claro está.

Devuelta la calma, el niño siguió mamando y pensando que al fin y al cabo, en lo que a continentes se refiere, la teta es el envase perfecto.

¡Felicidades Mama! No hay sitio en el universo donde quepa tu corazón.

Copyright texto y foto F. Javier Linares


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