Como cualquier otro día (DRY)

Se había levantado temprano.

El chirrido que provocó la ventana de aluminio al abrirse, para tratar de adivinar el tiempo que haría ese día, despertó a León, su pequeño hámster de pelo largo que, tras abrir las fauces de par en par dejando ver sus afilados incisivos, entró en la rueda de plástico y comenzó a girarla, dando vueltas y vueltas, corriendo sin destino, como cualquier otro día.

Quique se enfundó la gabardina azul marino que acababa de encontrar en un paquete perfectamente empapelado a los pies de la cama y con la que aparentaba ser, a pesar de sus recién estrenados 11 años, un joven y elegante universitario.

Abrió la puerta de la casa con sigilo. No quería despertar a la familia y tampoco estaba seguro de que comprendieran sus intenciones así que cerró la puerta, ayudándose con la llave que la noche anterior, víspera de su cumpleaños, había escamoteado a su padre, y bajó a pie evitando así que el ruido del ascensor rebotara en el hueco de la escalera, como cualquier otro día.

Lucía una mañana fresca pero soleada. Varias personas, sobre todo hombres, formaban una fila perfectamente ordenada, casi marcial, a la entrada del colegio electoral aunque las puertas aun permanecían cerradas.

La ilusión, latente en la cara de algunos, contrastaba con la preocupación y la desconfianza que desencajaba las mandíbulas de otros tantos.

En esa mañana de domingo, habían querido ser los primeros en estrenar la incipiente democracia española.

El pequeño Quique estaba nervioso. Quería saber a toda costa que era aquello, tan deseado durante tanto tiempo, que cambiaría por fin sus vidas y los encaminaría hacia un mundo ideal donde todos, iguales por ley, vivirían en perfecta armonía lejos de los fantasmas del paro, la pobreza, la guerra, la dictadura…

En su búsqueda, iba recorriendo las distintas sedes donde los ciudadanos acudían a votar. La calle era un hervidero de gente.  Se entablaban acaloradas discusiones por cada esquina y la ciudad parecía más viva que nunca.  Hubo algún altercado pero sin importancia y Quique se iba empapando de cada gesto, de cada palabra.

Tan inmerso estaba en sus pensamientos que el día se le paso en unos minutos y cuando, al volver la esquina, el sol de atardecer estimuló de nuevo sus desenfocadas pupilas, corrió despavorido temeroso por la reprimenda que, a buen seguro, le esperaba en casa.

La luz de las farolas se filtraba por la persiana dibujando sobre el techo un mosaico de pequeños círculos de luz. Tardó poco en conciliar el sueño. Había sido un día emocionante a pesar del escozor que persistía, intimidatorio, en el cachete derecho de su trasero.

Después de aquel día vinieron otros 3.650 chirridos más de ventana de aluminio, para tratar de adivinar el tiempo que haría.

El recuerdo de los gritos de su madre, cuando lo vio aparecer por la puerta de casa en aquel lejano día, se encadenaba con el actual e irritable ruido procedente de los coches que ahora conquistaban la calle. La mañana se presentaba fresca pero soleada y se levantó de la cama resuelto.

Tras vestirse con la chaqueta de pana que sus padres le habían regalado por su veintiún cumpleaños, se dirigió a la cocina para tomarse un vaso de leche muy fría, como cualquier otro día. El paro, la pobreza, la guerra, y claro está, la dictadura, aunque ahora la llamaban de otra forma, seguían tan vigentes como antaño.

Ya en la fila del colegio electoral, Quique miraba el sobre con dudas, con muchas dudas, muchas más que hacía diez años pero, ilusionado y convencido de hacer lo que debía, iba avanzando resuelto y con la cabeza bien alta.

Al llegar su turno, dejó caer el sobre en la urna como a cámara lenta y no le quito el ojo de encima hasta que se aposento en el fondo junto con los demás. Pero le había sabido a poco, así que se quedo un rato mirando como los otros sobres, uno por voto, iban formando un montoncito cada vez más grande. En la cara de todos pudo reconocer la ilusión, la preocupación y la desconfianza que ya le resultaban familiares.

Tras unos minutos volvió a salir a la calle. Tenía una extraña sensación de déjà vu y prefirió no volver a casa.

Comenzó a andar, sin dirección prevista y las pupilas desenfocadas. Y la imagen de León, su hámster de pelo largo que murió al caer por la ventana de su cuarto, vino a su memoria, en la rueda, dando vueltas y vueltas, corriendo sin destino, como cualquier otro día.

DEMOCRACIA REAL YA!!!

Copyright texto y fotos: F. Javier Linares

Acerca de Javier Linares

Fotógrafo independiente Freelance photographer Blog: javierlinaresfoto.wordpress.com Web: www.javierlinaresfoto.com y http://javierlinares.jimdo.com/ Instagram: http://instagram.com/javierlinaresfoto/ Correo: javierlinaresfoto@gmail.com +34 606 504 757 Ver todas las entradas de Javier Linares

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