El extraño viaje del Sr. Brown

El viaje desde Wisconsin le estaba resultando interminable, aunque la expectación de vivir la Semana Santa en primera persona le mantenía despierto, con un millar de mariposas aleteando en la boca del estómago.
La sola idea de imaginar a esos hombres disfrazados al más puro estilo Ku Klux Klan le erizaba los pelos y la profunda fascinación que le causaron aquellas imágenes del Milwaukee Journal Sentinel, con esas bellas mujeres vestidas de negro portando enormes velas encendidas , las alineadas formaciones de jóvenes músicos y, sobre todo, aquellas grotescas figuras con sus brillantes capirotes de intensos colores, le llevaron a cometer la locura de venir desde los Estados Unidos sólo para un día, un sólo día para llevarse de vuelta a casa las mejores fotografías que nadie pudiera imaginar.

Cuando llegó a hotel, apenas tuvo tiempo de refrescarse la cara y cambiar sus zapatos por otros más cómodos que había comprado para la ocasión.
No había tiempo que perder. Cogió su cámara de fotos y salió a la calle.
No llevaba ningún callejero, ni siquiera un programa con los itinerarios de ese día, pero no le hizo falta; bastó con seguir la marabunta de gente que, saliendo de todos los rincones como inesperadas apariciones, iban sincronizando su peregrinar en una sola dirección.

La cámara colgada de su cuello y el dedo, presto, en el disparador.

Algunos penitentes, sin su peculiar tocado, corrían en grupos camino de la iglesia, sede de su Hermandad, al igual que aquel rezagado e inquieto niño que, trompeta en mano, andaba apresurado mientras su madre le terminaba de abrochar los últimos botones de la chaqueta.

Por fin llego a las inmediaciones de la Iglesia de Santo Domingo y el fuerte olor a incienso que flotaba en el aire le traspasó los sentidos envolviéndolo en una especie de trance que crecía conforme se iba acercando, no sin esfuerzo a través del tumultuoso gentío, hasta la misma puerta del templo.
En rigurosa disciplina y a la orden del Hermano Mayor, los distintos integrantes de la procesión iban pasando por delante invadiendo sus sentidos a golpe de aromas, texturas y sonidos. Y con los ojos como platos y la boca levemente abierta asistía atónito a aquel majestuoso e insólito ceremonial. Ni siquiera el estruendoso repiqueteo de los tambores le hacía salir de aquel extraño trance que, por el contrario, crecía exponencialmente conforme avanzaba el quimérico desfile y su dedo, presto sobre el disparador, permanecía inmóvil, tenso, paralizado, al igual que el contador de su cámara. Nunca en su vida había visto un espectáculo igual, ni siquiera aquel año que estuvo en los Carnavales de Río. Aunque esa era otra historia.

Sin apenas darse cuenta, el último paso, acompañado de su correspondiente banda de música, hizo acto de presencia y como un zombie, programado para hacer lo mismo que todos, todos por igual, comenzó a caminar detrás de la comitiva procesional.
Durante horas estuvo deambulando como hipnotizado, con sus sentidos a dos metros sobre el suelo, impresionado por todo lo que ocurría a su alrededor, y su dedo, presto sobre el disparador, seguía inmóvil, paralizado, como hasta ahora.

Sólo el luminoso de la cafetería del hotel le hizo reaccionar. Miro a su alrededor, con la expresión de un niño perdido, suspiro varias veces y se dirigió hacia la entrada. Cansado y aturdido subió a su habitación y se desplomo sobre la cama quedando profundamente dormido sin hacer la mas mínima oposición a los arrumacos de Morfeo.

Una voz se percibía en la lejanía:

-Señor Brown, Señor Brown…

La azafata tuvo que zarandearlo repetidamente para sacarlo de su profundo sueño. Artie Brown abrió los ojos de un golpe, como si un resorte interno se hubiera disparado. Estaba confuso y desorientado.

-Dónde estoy? Pregunto.

-No se preocupe Señor, se ha quedado dormido. Ponga el asiento en posición vertical, tomaremos tierra en pocos minutos.

Tardo un rato en entender lo sucedido, pero tras estirarse todo lo que le permitió la estrechez del asiento y mientras venían a su memoria aquellas fotos del periódico local de Milwaukee , sonrió plácidamente, saco su cámara de la bolsa y puso su dedo, presto, sobre el disparador.
Aún tenía todo un día para sacar las mejores fotografías que nadie pudiera imaginar.

Copyright texto y fotos: F. Javier Linares

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Acerca de Javier Linares

Fotógrafo independiente Freelance photographer Blog: javierlinaresfoto.wordpress.com Web: www.javierlinaresfoto.com y http://javierlinares.jimdo.com/ Instagram: http://instagram.com/javierlinaresfoto/ Correo: javierlinaresfoto@gmail.com +34 606 504 757 Ver todas las entradas de Javier Linares

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