Archivo mensual: diciembre 2012

365 ramas y 1 brote

31 de diciembre de 2012 (366/366)


De la serie “Placeres inmediatos”

Todo lo que comienza, termina; es inevitable.
365 ramas y 1 brote cierra sus ventanas despues de un largo año de publicaciones.

Gracias a mis musas Mara y Ana; y a mi familia y amigos que llenan mi sillón vacio…

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365 ramas y 1 brote

30 de diciembre de 2012 (365/366)

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De la serie “Placeres inmediatos”

– ¿Qué quieres que piense?
si cuando pienso que pienso
no estoy pensando, sólo actuando…

– ¿Y que sientes por él?

– No lo sé, tengo un candado en el alma.

©Texto: Ariana Martínez
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

29 de diciembre de 2012 (364/366)

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De la serie “Placeres inmediatos”

Solo el aire peina mi pelo.
Solo el aire me acompaña en mí caminar.
Solo el aire me susurra al oído.
Solo el aire me trae lejanos recuerdos.
Solo el aire se lleva mis pensamientos.
Solo el aire juega conmigo.
Solo el aire me abraza.
Solo el aire.

©Texto: Cruz Santos
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

28 de diciembre de 2012 (363/366)

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De la serie “Placeres inmediatos”

¡No quiero ir por la vida, besando a los muchachos!

©Texto: Ariana Martínez
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

27 de diciembre de 2012 (362/366)

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De la serie “Placeres inmediatos”

La lluvia nos ha hecho entrar en casa a todos,
menos a ti.
Lagrima plantada en el jardín prohibido,
hecha de muchas lagrimas
sobre unos ojos que siempre miran al cielo.

©Texto: Oscar Plazola
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

26 de diciembre de 2012 (361/366)

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De la serie “Placeres inmediatos”

Destino en espiral
ahogo al negar la evidencia,
desvanecerse en los sentidos,
tropezar de 25 formas distintas,
hasta hallar la luz.

©Texto: Natacha Martínez
©Fotografía: Javier Linares


¡Paparruchas! Un cuento de Navidad

Hace muchos muchos años, en un país muy lejano, vivía un viejo fotógrafo en una pequeña pero hermosa casita, rodeada de inmensos arboles y verdes praderas sembradas de flores de todos los colores.

Ana Linares 5 años 02Ana Linares

La casa estaba en medio del bosque y justo detrás, a menos de cien metros, había un estrecho camino por el que podías llegar al pueblo en tan sólo quince minutos. Pero el viejo fotógrafo ya casi apenas salía, y no porque su edad se lo impidiera sino porque nada llamaba su atención más allá de las cuatro paredes de su pequeña pero hermosa casita. A lo largo de su vida había viajado a lugares tan distintos, exóticos y recónditos, que solo pensarlo le agotaba. Lo había visto todo y ya nada le sorprendía. La tristeza y la desidia se habían apoderado de su vida. Ocupaba gran parte del día en las tareas del hogar y a veces, solo cuando era necesario, bajaba al pueblo en busca de provisiones y algún que otro capricho que su escasa pero suficiente paga le permitía. El resto del tiempo se limitaba a mirar el bosque a través de la ventana, y a dejar pasar las horas. En sus ojos, solo una expresión de vacío, frio y solitario.

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Como todos los años, puntual como un reloj, el invierno llegó cubriendo de nieve todo el bosque y solo algunas florecillas, las más atrevidas, asomaban sus delicados colores por encima del blanco y resplandeciente manto.
Una mañana, de esas que se presentan perezosas, una más, un rayo de sol se coló por la rendija de la ventana y vino a caer justo en la cara del viejo fotógrafo. Con los ojos medio cerrados y el ceño fruncido se levanto de la cama, refunfuñando, y se dispuso a cerrarla cuando, de repente, observó que una sombra se deslizaba a lo largo de la pared. No le hizo demasiado caso, pues algunos animales del bosque solían acercarse a la casa para curiosear, así que volvió a acostarse.
Pero no había pasado más que un ratito cuando alguien llamo a la puerta. Volvió a levantarse, ahora mas enfadado que antes, pero al abrirla no hayo a nadie. Miro hacia un lado, luego hacia el otro, incluso hacia arriba, pero nada. Cuando se disponía a entrar de nuevo, un tímido pero contundente estornudo le hizo mirar hacia abajo descubriendo, justo a sus pies, a un pequeño niño que le miraba con los ojos abiertos como platos. Tras intercambiar unos segundos de atónitas miradas el niño se decidió a hablar. Le conto que era un príncipe que, paseando con su corte se había apartado del camino contando las hojas caídas, sólo las de color rojo caoba y, como no conocía el bosque, había perdido de vista a su caballo y a todos los súbditos que iban con él. Con mucha educación, y la misma insistencia, el niño rogó al anciano que le ayudara a llegar a su gran palacio. El viejo fotógrafo gruñó, gruñó otra vez, gruñó una tercera vez y, tras unos momentos de duda, entró farfullando en la casa para coger su abrigo dispuesto a acompañarlo. Al salir, una gota de agua que procedía del hielo que se había formado en el alero del tejado cayó sobre su cara. “¡Maldita gota!”, exclamó el viejo, “¡Siempre atina en mi nariz; En cuanto vuelva acabaré con esos témpanos!”. Pero el niño, señalando hacia arriba, le explicó que si los quitaba no podría ver, cada amanecer, el arco iris que forma los primeros rayos de sol cuando atraviesan el hielo. Prosiguió contándole que el bosque parece un lugar especial y mágico si lo miras a través del agua congelada como si fuera una lupa y que si… “¡Paparruchas!”, interrumpió el viejo cerrando la puerta de un golpe, lo que provocó que otras cuantas gotas cayeran sobre su despoblada cabeza.
Volvió a gruñir.

Alejandro Romero 15 años 01Alejandro Romero

El viejo fotógrafo andaba lento pero seguro y tras de él, a unos pocos metros, el niño, en silencio, le seguía imitando sus movimientos. Aunque la mañana era fría, los pájaros, con un agradable trinar, revoloteaban de árbol en árbol poniendo la banda sonora al hermoso paseo.

Al cabo de un rato, algo perturbó la tranquilidad. “¡Malditas vacas!” dijo el anciano cuando, distraído por el vuelo de una mosca alrededor de su oreja, piso de lleno una boñiga de vaca. De nuevo se enfado muchísimo, profiriendo una serie de insultos que el muchacho no había oído en su vida. Pero éste, sin alterarse aunque un poquito asustado, cogió al viejo de la mano y tiro de él hasta que consiguió ponerlo en cuclillas. Con un palo, el niño dio la vuelta a la boñiga y una variada multitud de insectos salieron corriendo en todas direcciones. El niño comenzó a contarle que debajo de los excrementos viven y se alimentan los bichos más bonitos de toda la tierra. Había escarabajos de color verde y azul metalizado; otros brillaban con un dorado resplandeciente y otros, negros como el azabache, lucían en su cabeza una cornamenta que bien podía ser la envidia del más grande de los ciervos del bosque. “¡Paparruchas!” volvió a exclamar el viejo que, levantándose con energía, prosiguió el camino.

Al llegar al pueblo algo les llamó la atención. En la plaza, un grupo de niños gritaban y alborotaban alrededor de un señor vestido con gorro y bata blanca y con una cesta de mimbre apoyada en su cadera. El viejo fotógrafo se tapo los oídos enojado por el jaleo infernal que los chiquillos estaban formando. Pero de nuevo, las manos del niño cogieron las del viejo. Las bajo lentamente mientras comenzó a contarle que el panadero, siguiendo la tradición de su padre y de su abuelo, tenía costumbre de regalar por navidad bollos de crema y magdalenas de chocolate a todos los niños del pueblo a cambio de que éstos le cantaran un bonito villancico. ¡Paparruchas!…

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Ana Linares

Atravesaron la plaza principal y observaron, en silencio, aquella idílica escena. Bajo un hermoso árbol, todos los niños, con su goloso premio en la mano, cantaban al unísono uno de los villancicos más hermosos que el viejo fotógrafo recordaba. El sol, a contraluz, iluminaba la escena y el vaho que salía de la boca de los niños formaba una nube blanca y fugaz que se iba realimentando en cada estribillo. Las hojas del árbol, de un amarillo intenso, parecían encendidas por la luz del sol y, como si de un grupo de hermosas bailarinas se tratase, caían al suelo después de ejecutar una improvisada y aérea coreografía.
El viejo recordó su infancia y una lágrima se escapo rodando por la estriada piel de su mejilla. El niño no quiso incomodarlo así que no le dijo nada y ambos siguieron caminando.

Por fin llegaron a palacio. En realidad, el niño se paró delante de una minúscula casa, cerca del rio, hecha de madera, con un techo de paja prensada para resguardarse de la lluvia. Una ventana diminuta, en uno de los costados, apenas dejaba pasar la luz del sol al interior. El niño invitó al anciano a entrar en su “palacio” a lo que el viejo gritó: ¡paparruch…!, pero ahogo su voz antes de acabar la dichosa palabrita. –Pobre chico, su palacio no es más que una cochambrosa chabola-, pensó el viejo fotógrafo. El niño le cogió de la mano y lo llevó detrás de la casa. Desde allí se veía el rio y un pequeño puente debajo del cual, al lado de una hoguera, unos niños pateaban una lata de refrescos mientras sus padres recogían cualquier cosa que les sirviera para venderla. Otros dormían bajo una montaña de cartones sucios que los perros olfateaban con insistencia. No hicieron falta palabras; el viejo y el niño entraron en el palacio.

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Desde afuera, podían oírse las historias del viejo fotógrafo sobre países lejanos y gente de lo más variopinto, y las carcajadas del niño resonaban entre los tablones de madera al escuchar las anécdotas que el viejo le iba contando conforme su perezosa memoria le iba permitiendo. Después de compartir unas galletas y un poco de leche llego la hora de despedirse.
Ambos se quedaron mirándose, en silencio, durante algunos minutos. No decían nada, pero lo decían todo. El viejo fotógrafo estrecho al niño entre sus brazos, lo besó en la frente y emprendió el camino de vuelta a su pequeña pero hermosa casita.
Cuando solo llevaba unos pocos pasos el niño, imitando la voz del viejo, gritó desde la puerta: “¡Paparruchas!”. El viejo se paró en seco y volvió la mirada con una cariñosa sonrisa de complicidad dibujada en su viejo y arrugado rostro. Pero el niño habia desaparecido.

El día se había vuelto más gélido de lo normal y casi ningún animalito se atrevía a salir de su madriguera.
Por el camino de vuelta, el viejo fotógrafo piso un charco, helado por el frio invernal, y cayó al suelo con tan mala fortuna que se golpeo la cabeza con un tronco que había al borde del camino, perdiendo así el conocimiento.

Tras varias horas, un rayo de sol cayó directamente en sus ojos y el viejo fotógrafo despertó. Se incorporó con cierta dificultad y al mirar a su alrededor descubrió que estaba en la cama de su pequeña pero hermosa casita.
Todo había sido un sueño.
Con la esperanza de volver a encontrar al niño en la puerta se apresuró a salir fuera. Miro hacia un lado, luego hacia el otro, incluso miró hacia arriba y, por supuesto, hacia abajo. Pero esta vez no había nadie. Sin embargo algo parecía distinto, se sentía de otra manera. Respiro profundamente el aire frio y puro de la mañana y entro en la casa. Miro su vieja Leica, la cámara de fotos que su abuelo le había legado, y corrió hacia ella para quitarle el polvo acumulado durante tantos años. Un irrefrenable deseo le empujaba al exterior.
Al salir de casa una gota de agua, como siempre, volvió a golpear con puntería su nariz; cogió su cámara e hizo una foto del hielo que colgaba del tejado formando un espectacular arcoíris sobre la fachada de su pequeña pero hermosa casita. El niño que todos llevamos dentro había despertado de su largo letargo y los colores, los olores y los sonidos del bosque inundaban su cabeza formando una sinfonía de imágenes que, con tiempo y sabiduría, iba atrapando con su vieja Leica.
Decidió que nunca más saldría de su casa sin la que había sido su compañera durante tantos años. Sí, con la Leica también, pero él se refería a la ilusión, ese viejo sentimiento que si no regamos constantemente acaba por convertirse en costumbre, y la costumbre en desidia, y la desidia en gota de agua que cae sobre nuestra nariz… ¡Paparruchas!

FIN

Gracias a mi sobrino Alejandro por cederme las fotos que hizo cuando tenia 15 años, y a mi hija Ana por sus fotos de cuando tenia 5 añitos.


365 ramas y 1 brote

25 de diciembre de 2012 (360/366)

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De la serie “Placeres inmediatos”

Regreso al sitio señalado,
a tu rostro, a tu ausencia con la que pacté una alianza.
Aguardo, rito antiguo, pero el atardecer ha caído
y la noche prepara su desembarco.
Una pausa levanta polvo en mi corazón,
el pensamiento cae al abismo
se acumulan las palabras dormidas
y sostengo el tiempo como un vaso en la mano.
La esperanza se apaga,
te llamo con la voz cada vez más débil.

©Texto: Oscar Plazola
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

24 de diciembre de 2012 (359/366)

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De la serie “Placeres inmediatos”

El equilibrio ha muerto.

©Texto: Ángel Arias
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

23 de diciembre de 2012 (358/366)

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De la serie “Placeres inmediatos”

Pertenecemos a una voz que no volverá a nombrarnos,
al verso que no escribimos,
al epitafio que nunca tendremos.

©Texto: Oscar Plazola
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

22 de diciembre de 2012 (357/366)

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De la serie “Placeres inmediatos”

Por un momento dejamos de existir
en los sitios donde nos recuerdan
o donde nos olvidan.
Esperamos entonces un lugar en las palabras
o una caricia donde podamos tomar algo nuestro
para encender la oscuridad
y señalar el sitio donde habita el beso
que nos reconoce y nos copia
en todos los modos del amanecer.
¡Oh! amiga, amante.

©Texto: Oscar Plazola
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

21 de diciembre de 2012 (356/366)

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De la serie “Placeres inmediatos”

La lluvia siempre me pareció algo mágico…
De pequeña me sentía atraída por los charcos. Me arriesgaba a la bronca que me esperaba al llegar a casa con tal de vivir la sensación de caminar en ellos. No chapoteaba. Simplemente hundía mis pies poco a poco esperando que no tuvieran fondo y me llevaran sumergida en ellos a otro mundo imaginario y submarino que atravesara la tierra de uno al otro lado. Al final siempre tocaba fondo. Entonces cerraba los ojos y sentía el frío a través de mis botas, el agua que a veces traspasaba y que yo soñaba que me llenaba de poderes extraordinarios y que después de ese rato me volvería invencible. Normalmente me costaba un resfriado, y los calcetines colgados puestos a secar.
Ya no me meto en los charcos desde entonces, pero a veces no los evito. Camino decidida, esta vez sabiendo que no me hundiré y con la sonrisa agradecida por la fuerza invencible que ellos sin saber me suministraron.

©Texto: Mili Quijano
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

20 de diciembre de 2012 (355/366)

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De la serie “Placeres inmediatos”

Gritaré hasta que el silencio muerda el polvo,
mientras el cielo piensa una tormenta
y el corazón arregla sus nubes.
Cuando la tarde como mano se pose en mi hombro,
para no mirar, gritaré.

©Texto: Oscar Plazola
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

19 de diciembre de 2012 (354/366)

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De la serie “Placeres inmediatos”

Palpar el calor desde lo externo,
con la añoranza de lo vivido
y la certeza
de no volverlo a entrever.

©Texto: Natacha Martínez
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

18 de diciembre de 2012 (353/366)

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De la serie “Placeres inmediatos”

La más importante misión de los niños es jugar, sin objetivo, solo jugar. La mejor lección que les podríamos enseñar es que está en su mano ser adultos felices, tan felices como se sienten ellos cuando juegan.
Tomarse la vida como un juego y tiempo en la vida para jugar. Dejarlo todo y dedicar un instante a que se olvide el reloj, la prisa, la obligación. Dejar fluir la imaginación como hacen ellos, como cuando éramos niños.
En el mundo de los niños la vida es como un cine monumental. Se pueden vivir las más increíbles aventuras. Montar un número musical con baile improvisado o con estudiadas coreografías. Luchar contra animales salvajes o con seres de otros planetas. Surcar mares imaginarios a bordo de naves invencibles o asaltar castillos custodiados por dragones de siete cabezas.
Ojos ilusionados ante la flamante muñeca nueva. Esa caja llena de alambres, gomas y pegamento, que para sacarla de ahí se necesita la fuerza del imperio y la maña de un operario especializado en mecánica nuclear. Ese flamante vestido, ese brillante peinado, ese sueño fabricado por otros, de princesa, estrella del rock o monstruosa fashionista.
Despojadas del embalaje de la moda, liberadas de la presión de la norma establecida. Las chicas rubias son libres de soñar. Recordar levemente que un día fueron muñecas atrapadas en una caja blindada. O que un día quisieron ser sirenas, ver el mar y poder fundirse en él. Soñar siempre con los ojos abiertos. Siempre sonriendo. Siempre con su figura impecable. La única rebeldía permitida es el pelo alborotado. Y hoy el baño, un baño compartido, espuma y risas. ¿Juegas…?

©Texto: Mili Quijano
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

17 de diciembre de 2012 (352/366)

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De la serie “Placeres inmediatos”

La realidad es lo que la realidad hace. ¿Suficientemente rápida, corta,
rara?

©Texto: Ángel Arias
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

16 de diciembre de 2012 (351/366)

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De la serie “Placeres inmediatos”

Sintió que todo lo que hasta entonces creía que era importante se resbalaba y caía haciendo un surco en el suelo. Donde alguna vez pensó que estaba su fin descubría ahora el rizo en el bucle. Tenía la sensación de que su vida era una rueda, una circunferencia que más tarde o más temprano volvía siempre al mismo punto. Quería salir de ahí. Sus pies sentían el relieve del suelo, la piedra gastada, el peso de la historia que sobre sus hombros parecía gritarle una y otra vez.
Necesitaba reflexionar. Quizá ya lo estaba haciendo. Había aprendido mucho, pero no a empezar de cero. No sabía resetearse. ¿Dónde meter tanto conocimiento, cultura, experiencia…? ¿Cómo mirar la vida con ojos nuevos? ¿Cuándo parar y soltar todas esas lágrimas que se amontonaban para brotar? ¿Por qué nadie le había dicho que esto podía pasar? Demasiadas preguntas y unos pies que no paraban. Respiración, pisadas y latidos marcaban un ritmo loco que se le antojaba macabra melodía. Y de pronto sintió que todo lo que hasta entonces creía que era importante se resbalaba y caía haciendo un surco en el suelo… Donde alguna vez pensó que estaba su fin descubría ahora el rizo en el bucle…

©Texto: Mili Quijano
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

15 de diciembre de 2012 (350/366)

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De la serie “Placeres inmediatos”

Tú y tu silencio cancerígeno, me llevaron al ardor y al fuego infinito; amargaste mi lengua.

©Texto: Ariana Martínez
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

14 de diciembre de 2012 (349/366)

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De la serie “Placeres inmediatos”

Un muro es una puerta que solo debería abrirse con la voz.

©Texto: Ángel Arias
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

13 de diciembre de 2012 (348/366)

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De la serie “Placeres inmediatos”

Es mi sueño. Lo siento. A veces sueño imposibles. A veces no sé verlos. A veces no recuerdo lo que sueño.
Esa noche soñé con un viaje, o no era un sueño…tan real. Viajé a una ciudad desconocida, sola, con mi maleta cargada, cargada de cosas inútiles en ese mundo. En esa ciudad los carteles no eran luminosos, eran deslumbrantes. Las calles tenían un profundo olor a realidad, pero de esa realidad que nosotros no solemos conocer, porque si la conociésemos querríamos que fuera realidad siempre. Las ventanas tenían todas vistas al mar, bueno más que vistas tenían entrada directa porque no se distinguía en nada el aire del agua. Ya te dije que era mi sueño. Los veleros recorrían la mesa, cargados de dulces, quesos y buen vino. Allí la vida era sencilla. Tan sencilla como que no había diferencia entre vida o muerte. No había paso. Ni camino. Las personas del pasado aprendían asombradas de los jóvenes decididos que se animaban a contar sus historias, porque como era mi sueño, las historias eran muy importantes.Allí los niños no hacían más que aprender. Los mayores respondían a todas sus preguntas, pero no como si fueran superiores a ellos, sino a su vez respondiéndose a si mismos en todo lo que la cuestión les podía enseñar.
En ese mundo de ensueño me encontraba; de agua, aire, sol, día, noche, resplandor. Lo más curioso es que en ningún momento me sentía extraña. Realmente yo era parte de aquello. Claro, si era mi sueño…Me deslicé al apartamento de al lado. Allí mis vecinos, los cuales por supuesto conocía perfectamente, tenían una distendida conversación, copa en mano, mientras una familia de medusas azules, pero de un azul que no conocemos, porque si lo conociésemos querríamos que todo fuera de ese azul, hacían las labores de camareras…fue entonces cuando me desperté. O no era un sueño… Estoy deseando que llegue de nuevo la noche…

©Texto: Mili Quijano
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

12 de diciembre de 2012 (347/366)

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De la serie “Placeres inmediatos”

Al caer la noche…

Llueve el cristal,
empaña los sentidos,
mientras ruedan gotas
que humedecen el rostro…
Llueve la copa
y al trasluz
los cambios de color,
evocan que antes del gris
hubo un arcoíris repleto.

©Texto: Natacha Martínez
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

11 de diciembre de 2012 (346/366)

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De la serie “Placeres inmediatos”

Vayas donde vayas, allí iré contigo
Estés donde estés, allí estaré contigo
Seré vigía de tus pasos, para que puedas caminar tranquilo
Allá donde te encuentres, será donde esté mi espera.

©Texto: Cruz Santos
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

10 de diciembre de 2012 (345/366)

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De la serie “Placeres inmediatos”

Solo los jueces quieren oír la verdad y nada más que la verdad.

©Texto: Ángel Arias
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

9 de diciembre de 2012 (344/366)

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De la serie “Placeres inmediatos”

Olvido

Memorias ausentes,
intentando discernir
el significado
de los placeres de la vida.
Fragmentos que conforman la crónica,
ahora desfigurados en sombras.

©Texto: Natacha Martínez
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

8 de diciembre de 2012 (343/366)

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De la serie “Placeres inmediatos”

Balancear el alma,
entre juegos y sueños…
saltos al abismo,
ajenos a lo venidero,
saboreando el presente.

©Texto: Natacha Martínez
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

7 de diciembre de 2012 (342/366)

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De la serie “Placeres inmediatos”

No espero, ni quiero, ni creo que vuelva o vuelvas, estoy aprendiendo a decirte adiós de la mejor manera… ¡aunque no lo merezcas!

©Texto: Ariana Martínez
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

6 de diciembre de 2012 (341/366)

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De la serie “Placeres inmediatos”

Agua que cae hacia arriba. Ojos que nunca se cierran, adictos a la
electricidad.

©Texto: Ángel Arias
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

5 de diciembre de 2012 (340/366)

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De la serie “Placeres inmediatos”

Autorretrato.
Esta soy yo. Ya sé que no puedes verme. Pero te aseguro que estoy ahí.
Agudiza la vista. Puedes ver mi ropa. Mis vaqueros, mi camiseta, mis calcetines, mi chaqueta. Todo ello ahí desparramado, lanzado sin orden ni concierto. Abandonado. Es de noche y duermo, y mi ropa descansa aquí.
Agudiza el olfato. Huele a páginas y a letras. A libro recién abierto o a historia que me tiene atrapada. Me resisto a levantarme. Es que estoy leyendo y ahí se aferra mi cuerpo que en realidad levitaría y volaría al son de esa historia.
Agudiza el tacto. Siente como la piel desgastada del sillón te cuenta los ratos que paso en él charlando. Arreglando el mundo o caminando en mis adentros. Vertiendo mis sentires o escuchando a alguna amiga que elige mi oído para volcar los suyos.
Agudiza el oído. El café está subiendo y tengo que ir a apagarlo. Su aroma invade toda la casa. Si oyes chisporroteos, es la plancha que me reclama, doy la vuelta a los filetes. Y esos borboteos, ya…es la olla que en su alquimia crea pócimas de vida. Pucheros, cocidos y estofados.
Agudiza el gusto. Saborea la música. Invade todo mi cuerpo. Llega hasta el paladar. A veces es dulce y melosa sacando mi lado más tierno. Otras veces es tan doliente y desgarrada que sabe a sangre, puedo notarlo. Otras veces es tan chispeante y revoloteadora que me hace saltar, brincar…como ahora. Por eso no puedes verme. Estoy bailando.

©Texto: Mili Quijano
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

4 de diciembre de 2012 (339/366)

De la serie “Placeres inmediatos”

Solo queda el sonido de unos pasos presurosos alejándose,
como queda el eco continuo de tu voz,
en aquella habitación vacía…

©Texto: Cruz Santos
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

3 de diciembre de 2012 (338/366)


De la serie “Placeres inmediatos”

Tersura en la piel,
infancia que arroja el frescor de lo nuevo…
Esencia inocente,
que rellena los huecos de las entrañas.

©Texto: Natacha Martínez
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

2 de diciembre de 2012 (337/366)


De la serie “Placeres inmediatos”

Vértices del tiempo… ¿Quién va o viene?
No sé, pero hoy te espero…

©Texto: Ariana Martínez
©Fotografía: Javier Linares


365 ramas y 1 brote

1 de diciembre de 2012 (336/366)

De la serie “Placeres inmediatos”

¡Últimos 31 días de “365 ramas y 1 brote”!
A partir de mañana, y durante todo diciembre voy a contar con la inestimable colaboración de algunos de mis amigos que han tenido a bien expresar, a su modo, lo que le sugieren las imagenes de mi nuevo proyecto fotográfico “Placeres inmediatos”. Un lujo que no podía imaginar cuando comencé este apasionante viaje en “La sombra del árbol”.

 

Mi eterno cariño para Natacha Martínez, Ángel Arias, Cruz Santos, Oscar Plazola, Mili Quijano y Ariana Martínez.

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PLACERES INMEDIATOS O CUANDO MENOS, ES MÁS

Caprichosamente y sin haber podido evitarlo, la fotografía ha pasado a formar parte de mi vida de tal manera que se ha fundido con mi día a día, con mi sudor, con mis recuerdos, con mis risas, con mis dolores de espalda, con mis reflexiones, con mis dudas, con mis esperanzas.

A veces, la inmediatez de saber que has hecho “algo” y que lo has hecho bien, tiene una gran recompensa: sentirte feliz ahora, en el mismo momento; pero sobre todo, poder mostrarlo al mundo esperando que el pie de foto se llene de “me gusta”, añade valor a lo que haces porque, así, tu felicidad es compartida y es más.

Pero nada de esto se parece ni por aproximación al placer absoluto que supone para mi haber aprendido a escuchar a las cosas, a las personas, a la luz, a las nubes y a los charcos. Ir deambulando sin buscar nada en concreto, sin forzar el encuentro sino dejándote encontrar por las imágenes que nos estremecen y que la mayoría de las veces no sabemos ni siquiera por qué.

No es la primera vez que hago este tipo de trabajo. No es la primera vez que intento desnudarme. Aún recuerdo salir con la Kodak Strech de un sólo uso, sabiendo que lo que primaba no era la calidad sino los sentimientos que lograba atrapar con ella.

Al fin y al cabo la mejor cámara del mundo es la que llevas encima y el mejor sensor, tu corazón.

No sé si todos conocéis Instagram, una aplicación para móviles que te permite fotografiar y compartir, de forma casi inmediata. Es como jugar a ser artista, probar un filtro, y otro, y luego otro, y darte cuenta de que por mucho filtro que pongas es imposible llenar de contenido lo que vacio está.
Es entonces cuando vuelves a recordar dos de las cosas que en mi opinión no puede olvidar un fotógrafo: la primera, que en bolsillo de tu pantalón cabe una cámara, la cámara de tu móvil, y la segunda, que fotografiar no se trata de coger sino de soltar, desprenderte del frívolo peso que vamos acumulando, arruga tras arruga, para quedarnos con la esencia, y descubrir que, pocas cosas, llenan más que muchas, que menos… es más.

©Texto y foto: Javier Linares

 


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