¡Paparruchas! Un cuento de Navidad

Hace muchos muchos años, en un país muy lejano, vivía un viejo fotógrafo en una pequeña pero hermosa casita, rodeada de inmensos arboles y verdes praderas sembradas de flores de todos los colores.

Ana Linares 5 años 02Ana Linares

La casa estaba en medio del bosque y justo detrás, a menos de cien metros, había un estrecho camino por el que podías llegar al pueblo en tan sólo quince minutos. Pero el viejo fotógrafo ya casi apenas salía, y no porque su edad se lo impidiera sino porque nada llamaba su atención más allá de las cuatro paredes de su pequeña pero hermosa casita. A lo largo de su vida había viajado a lugares tan distintos, exóticos y recónditos, que solo pensarlo le agotaba. Lo había visto todo y ya nada le sorprendía. La tristeza y la desidia se habían apoderado de su vida. Ocupaba gran parte del día en las tareas del hogar y a veces, solo cuando era necesario, bajaba al pueblo en busca de provisiones y algún que otro capricho que su escasa pero suficiente paga le permitía. El resto del tiempo se limitaba a mirar el bosque a través de la ventana, y a dejar pasar las horas. En sus ojos, solo una expresión de vacío, frio y solitario.

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Como todos los años, puntual como un reloj, el invierno llegó cubriendo de nieve todo el bosque y solo algunas florecillas, las más atrevidas, asomaban sus delicados colores por encima del blanco y resplandeciente manto.
Una mañana, de esas que se presentan perezosas, una más, un rayo de sol se coló por la rendija de la ventana y vino a caer justo en la cara del viejo fotógrafo. Con los ojos medio cerrados y el ceño fruncido se levanto de la cama, refunfuñando, y se dispuso a cerrarla cuando, de repente, observó que una sombra se deslizaba a lo largo de la pared. No le hizo demasiado caso, pues algunos animales del bosque solían acercarse a la casa para curiosear, así que volvió a acostarse.
Pero no había pasado más que un ratito cuando alguien llamo a la puerta. Volvió a levantarse, ahora mas enfadado que antes, pero al abrirla no hayo a nadie. Miro hacia un lado, luego hacia el otro, incluso hacia arriba, pero nada. Cuando se disponía a entrar de nuevo, un tímido pero contundente estornudo le hizo mirar hacia abajo descubriendo, justo a sus pies, a un pequeño niño que le miraba con los ojos abiertos como platos. Tras intercambiar unos segundos de atónitas miradas el niño se decidió a hablar. Le conto que era un príncipe que, paseando con su corte se había apartado del camino contando las hojas caídas, sólo las de color rojo caoba y, como no conocía el bosque, había perdido de vista a su caballo y a todos los súbditos que iban con él. Con mucha educación, y la misma insistencia, el niño rogó al anciano que le ayudara a llegar a su gran palacio. El viejo fotógrafo gruñó, gruñó otra vez, gruñó una tercera vez y, tras unos momentos de duda, entró farfullando en la casa para coger su abrigo dispuesto a acompañarlo. Al salir, una gota de agua que procedía del hielo que se había formado en el alero del tejado cayó sobre su cara. “¡Maldita gota!”, exclamó el viejo, “¡Siempre atina en mi nariz; En cuanto vuelva acabaré con esos témpanos!”. Pero el niño, señalando hacia arriba, le explicó que si los quitaba no podría ver, cada amanecer, el arco iris que forma los primeros rayos de sol cuando atraviesan el hielo. Prosiguió contándole que el bosque parece un lugar especial y mágico si lo miras a través del agua congelada como si fuera una lupa y que si… “¡Paparruchas!”, interrumpió el viejo cerrando la puerta de un golpe, lo que provocó que otras cuantas gotas cayeran sobre su despoblada cabeza.
Volvió a gruñir.

Alejandro Romero 15 años 01Alejandro Romero

El viejo fotógrafo andaba lento pero seguro y tras de él, a unos pocos metros, el niño, en silencio, le seguía imitando sus movimientos. Aunque la mañana era fría, los pájaros, con un agradable trinar, revoloteaban de árbol en árbol poniendo la banda sonora al hermoso paseo.

Al cabo de un rato, algo perturbó la tranquilidad. “¡Malditas vacas!” dijo el anciano cuando, distraído por el vuelo de una mosca alrededor de su oreja, piso de lleno una boñiga de vaca. De nuevo se enfado muchísimo, profiriendo una serie de insultos que el muchacho no había oído en su vida. Pero éste, sin alterarse aunque un poquito asustado, cogió al viejo de la mano y tiro de él hasta que consiguió ponerlo en cuclillas. Con un palo, el niño dio la vuelta a la boñiga y una variada multitud de insectos salieron corriendo en todas direcciones. El niño comenzó a contarle que debajo de los excrementos viven y se alimentan los bichos más bonitos de toda la tierra. Había escarabajos de color verde y azul metalizado; otros brillaban con un dorado resplandeciente y otros, negros como el azabache, lucían en su cabeza una cornamenta que bien podía ser la envidia del más grande de los ciervos del bosque. “¡Paparruchas!” volvió a exclamar el viejo que, levantándose con energía, prosiguió el camino.

Al llegar al pueblo algo les llamó la atención. En la plaza, un grupo de niños gritaban y alborotaban alrededor de un señor vestido con gorro y bata blanca y con una cesta de mimbre apoyada en su cadera. El viejo fotógrafo se tapo los oídos enojado por el jaleo infernal que los chiquillos estaban formando. Pero de nuevo, las manos del niño cogieron las del viejo. Las bajo lentamente mientras comenzó a contarle que el panadero, siguiendo la tradición de su padre y de su abuelo, tenía costumbre de regalar por navidad bollos de crema y magdalenas de chocolate a todos los niños del pueblo a cambio de que éstos le cantaran un bonito villancico. ¡Paparruchas!…

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Ana Linares

Atravesaron la plaza principal y observaron, en silencio, aquella idílica escena. Bajo un hermoso árbol, todos los niños, con su goloso premio en la mano, cantaban al unísono uno de los villancicos más hermosos que el viejo fotógrafo recordaba. El sol, a contraluz, iluminaba la escena y el vaho que salía de la boca de los niños formaba una nube blanca y fugaz que se iba realimentando en cada estribillo. Las hojas del árbol, de un amarillo intenso, parecían encendidas por la luz del sol y, como si de un grupo de hermosas bailarinas se tratase, caían al suelo después de ejecutar una improvisada y aérea coreografía.
El viejo recordó su infancia y una lágrima se escapo rodando por la estriada piel de su mejilla. El niño no quiso incomodarlo así que no le dijo nada y ambos siguieron caminando.

Por fin llegaron a palacio. En realidad, el niño se paró delante de una minúscula casa, cerca del rio, hecha de madera, con un techo de paja prensada para resguardarse de la lluvia. Una ventana diminuta, en uno de los costados, apenas dejaba pasar la luz del sol al interior. El niño invitó al anciano a entrar en su “palacio” a lo que el viejo gritó: ¡paparruch…!, pero ahogo su voz antes de acabar la dichosa palabrita. –Pobre chico, su palacio no es más que una cochambrosa chabola-, pensó el viejo fotógrafo. El niño le cogió de la mano y lo llevó detrás de la casa. Desde allí se veía el rio y un pequeño puente debajo del cual, al lado de una hoguera, unos niños pateaban una lata de refrescos mientras sus padres recogían cualquier cosa que les sirviera para venderla. Otros dormían bajo una montaña de cartones sucios que los perros olfateaban con insistencia. No hicieron falta palabras; el viejo y el niño entraron en el palacio.

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Desde afuera, podían oírse las historias del viejo fotógrafo sobre países lejanos y gente de lo más variopinto, y las carcajadas del niño resonaban entre los tablones de madera al escuchar las anécdotas que el viejo le iba contando conforme su perezosa memoria le iba permitiendo. Después de compartir unas galletas y un poco de leche llego la hora de despedirse.
Ambos se quedaron mirándose, en silencio, durante algunos minutos. No decían nada, pero lo decían todo. El viejo fotógrafo estrecho al niño entre sus brazos, lo besó en la frente y emprendió el camino de vuelta a su pequeña pero hermosa casita.
Cuando solo llevaba unos pocos pasos el niño, imitando la voz del viejo, gritó desde la puerta: “¡Paparruchas!”. El viejo se paró en seco y volvió la mirada con una cariñosa sonrisa de complicidad dibujada en su viejo y arrugado rostro. Pero el niño habia desaparecido.

El día se había vuelto más gélido de lo normal y casi ningún animalito se atrevía a salir de su madriguera.
Por el camino de vuelta, el viejo fotógrafo piso un charco, helado por el frio invernal, y cayó al suelo con tan mala fortuna que se golpeo la cabeza con un tronco que había al borde del camino, perdiendo así el conocimiento.

Tras varias horas, un rayo de sol cayó directamente en sus ojos y el viejo fotógrafo despertó. Se incorporó con cierta dificultad y al mirar a su alrededor descubrió que estaba en la cama de su pequeña pero hermosa casita.
Todo había sido un sueño.
Con la esperanza de volver a encontrar al niño en la puerta se apresuró a salir fuera. Miro hacia un lado, luego hacia el otro, incluso miró hacia arriba y, por supuesto, hacia abajo. Pero esta vez no había nadie. Sin embargo algo parecía distinto, se sentía de otra manera. Respiro profundamente el aire frio y puro de la mañana y entro en la casa. Miro su vieja Leica, la cámara de fotos que su abuelo le había legado, y corrió hacia ella para quitarle el polvo acumulado durante tantos años. Un irrefrenable deseo le empujaba al exterior.
Al salir de casa una gota de agua, como siempre, volvió a golpear con puntería su nariz; cogió su cámara e hizo una foto del hielo que colgaba del tejado formando un espectacular arcoíris sobre la fachada de su pequeña pero hermosa casita. El niño que todos llevamos dentro había despertado de su largo letargo y los colores, los olores y los sonidos del bosque inundaban su cabeza formando una sinfonía de imágenes que, con tiempo y sabiduría, iba atrapando con su vieja Leica.
Decidió que nunca más saldría de su casa sin la que había sido su compañera durante tantos años. Sí, con la Leica también, pero él se refería a la ilusión, ese viejo sentimiento que si no regamos constantemente acaba por convertirse en costumbre, y la costumbre en desidia, y la desidia en gota de agua que cae sobre nuestra nariz… ¡Paparruchas!

FIN

Gracias a mi sobrino Alejandro por cederme las fotos que hizo cuando tenia 15 años, y a mi hija Ana por sus fotos de cuando tenia 5 añitos.

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Acerca de Javier Linares

Fotógrafo independiente Freelance photographer Blog: javierlinaresfoto.wordpress.com Web: www.javierlinaresfoto.com y http://javierlinares.jimdo.com/ Instagram: http://instagram.com/javierlinaresfoto/ Correo: javierlinaresfoto@gmail.com +34 606 504 757 Ver todas las entradas de Javier Linares

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