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Universo paralelo

Corría tan deprisa como le permitía su aliento. Al llegar a la esquina giró a toda velocidad y se paró de golpe, con la espalda pegada a la pared y los ojos tan cerrados que le dolían las sienes de tanta presión. Entonces, comenzó a abrirlos despacio, muy despacio. La luz iba penetrando en sus pupilas como diminutas agujas que se iban clavando en la retina, una tras otra,  dibujando una copia exacta de las cosas que tenía delante.

Pero aguantó estoica, con la cabeza erguida, mientras reunía el valor suficiente para mirar al suelo. Lenta, como quien sabe exactamente lo que va a encontrarse pero intenta retrasar el momento aunque sólo sea por unos esperanzadores instantes, comenzó a bajar la mirada en dirección a sus pies.

Lucía acudía todos los fines de semana a casa de su tío y  como cada sábado, perdida en la enorme biblioteca, hurgando curiosa como quien busca un libro prohibido, se había topado con un tratado sobre el espacio y el tiempo en el que había podido leer, entre algún indescifrable párrafo, que si alcanzas la velocidad adecuada, puedes perder de vista tu propia sombra.

No había marcha atrás, se había metido en su adolescente y testaruda mollera, llevar a cabo la difícil empresa de engañar a aquella oscura silueta que le seguía fiel desde siempre.

Ya, desde muy pequeña, se pasaba horas y horas tumbada sobre la cama observando, como en una película de cine, las sombras que se filtraban por la ventana representando su magistral drama sobre la pared blanca del dormitorio.

Algunas pasaban deprisa y se cruzaban con otras que, a la misma velocidad, se deformaban al llegar a la barroca cenefa del techo. Otras sin embargo permanecían largos ratos en la pared mientras hablaban, discutían y reían.

Pero todas tenían algo en común que inquietaba profundamente a Lucía. Era como si, mirando de reojo, todas aquellas sombras esperaran,  maquiavélicas,  un momento de descuido para robarle el alma a la joven niña y llevársela para siempre a su universo paralelo. Por eso, cuando el sueño empezaba a ganarle la batalla, se levantaba de un salto, sin mirar a la pared, y se abalanzaba sobre las cortinas para cerrarlas de golpe.

Entonces las voces, las risas, los susurros, se iban desvaneciendo a la par que sus ojos, por fin, cerraban su particular telón hasta el siguiente pase.

Detrás de la esquina, Lucia seguía bajando paulatinamente la cabeza hacia el suelo mientras terminaba de abrir sus profundos ojos negros. Las manos le sudaban y el corazón le latía tan fuerte y rápido que parecía que en cualquier momento iba a salir de su pecho rompiendo el peto vaquero que llevaba ese día. Pero cuando alcanzó a ver sus pies se percato de que ya no estaba. Eureka!, su sombra había desaparecido, había conseguido dejarla atrás. Eufórica y emocionada volvió a cerrar los ojos pensando en aquellas tardes de infancia junto a las sombras de la pared y esbozando una sonrisa victoriosa alzó la mano como el púgil que acaba de dejar ko a su adversario.

Luego inspiro el aire húmedo con olor a tierra mojada, abrió el paraguas, y siguió su camino. Le encantaba jugar a perder su sombra los días de lluvia, esos días en que la luz nos engaña al pasar y las siluetas atonales, que siempre nos acompañan, se toman un descanso para contar las almas de las jóvenes niñas que, descuidadas, se quedaron dormidas en su universo paralelo.

 Copyright texto y fotos: F. Javier Linares

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